Gratitud

Para Mis Muertos

Ustedes me disculparán, pero en estos días... No recubro la mesa de cedro con blanquísimos manteles. Tampoco enciendo las siete velas para alumbrar los sueños del jazmín y el botón de ruda.
Prefiero beber el atole nuevo a grandes sorbos que dejarlo expuesto en jícaras bajo la verde cruz del único camino verdadero.

Estos recortes de jícama y naranja hechizarán mis labios antes que la yuca rociada con miel libere al ángel que aguarda en mi paladar la hora de extender sus alas.
Para mis muertos no quemo incienso ni canto dolientes elegías... Ellos no vienen sólo hoy desde las brumas a deleitarse con nostálgicos aromas.

Ellos no acuden atraídos por el vaso de agua fresca y el tamal de especie.
Ellos me acompañan siempre. Cuando amanece y en medio de la tarde. Con los alimentos del mediodía y en el instante de rendirme al sueño. Siempre. Ven por mis ojos, repiten mis palabras, escuchan el crujir de cada uno de mis pensamientos.

Mi abuela Josefina -manos fuertes, chal de punto, sonrisa y zorongo permanentes- me murmura al oído aquel cuentecillo de los tres hermanos desobedientes; me reseña las gestas de los reyes del Antiguo Testamento y la verdadera historia del crimen que sucedió en la calle ancha del matadero en tiempos del segundo imperio.

Con sus verdísimos ojos de niño sorprendido en medio del embuste, Humberto me suplica que le ponga una y otra vez el disco con música de Asturias, tonadillas de la costa verde, silbo flautero y respirar de gaitas; y antes de engrasar su motocicleta o merodear entre las jaulas de sus canarios, me enseña nuevamente a escribir mi nombre completo -con letra "Palmer"- en una libreta de "La Literaria", azul Minerva, dispuesta para el caso.

María Teresa -reciente viajera- me observa leer y calla; sabe perfectamente en qué instante mi espíritu reclama alejarse del estruendo y cuando estoy de regreso para obsequiarme en el teclado un festivo rondó y acaso uno de esos pasajes de Schumman que parecen canciones de cuna atravesadas por relámpagos.

Lo dicho: para mis muertos no tengo ofrendas de mazapán y coco. Para ellos extiendo solamente un florón de gratitud que nunca se deshojará del todo.

A mi lado, sencillos y amorosos, siempre...- Jorge Álvarez Rendón.- Mérida, octubre de 2000.

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