El corazón del hombre maya


Ofrenda de pibinaal y atole


Por estas fechas, cuando el campesino maya ve que su milpa está cubierta de elote a punto de madurar, un profundo sentido de gratitud invade su corazón y le hace elevar al cielo una oración y ¿qué mejor manera de hacerlo que con el propio fruto de la tierra?
Entonces busca en su milpa un área de kancab (tierra roja, la ideal para sembrar jícama), donde cava un hueco para preparar pibinaal, el elote cocido bajo tierra. (Lo correcto parece ser pibilnaal, pero en el lenguaje cotidiano se ha perdido la l de pibil).

En el hueco de aproximadamente un metro de profundidad por 1.40 m de diámetro -medidas desde luego de acuerdo con la cantidad de elote que desée cocer- coloca gruesos leños de jabín, tzalam, chacah, boxcatzín o quitinché, entre otros, y sobre ellos piedras grandes que, una vez al rojo vivo, servirán para conservar el calor y asegurar la cocción.

En el centro del hueco clava una vara y en torno a ella, en forma radial, acomoda uno a uno los elotes, tras lo cual saca la vara y por ese conducto echa agua -unos 20 litros-, para que pueda producirse vapor. Para concluir, se cubren los elotes con ramas de tajonal, xoteznuc y chacmuc y con el kancab. Terminada esta tarea, el campesino regresa a casa, pues el proceso de cocción durará unas 20 horas.

En casa de don Manuel -un campesino de San Fernando, comisaría de Maxcanú- todos se preparan para la fiesta. En la madrugada del sábado don Manuel y otros varones de la familia regresan a la milpa para sacar el pibinaal, que fue enterrado el jueves al mediodía.

En esta ocasión don Manuel organizó una ceremonia sencilla: al destapar el rústico horno permitirá por unos minutos que el aroma del elote cocido suba al cielo, al tiempo que él levantará los ojos al Creador en señal de acción de gracias. Bien podría haber llamado a un men (sacerdote maya) para hacer allí mismo las oraciones apropiadas, pero hoy se decidió por cuatro rosarios en la capilla de la hacienda, uno en honor a Jesús, otro a la Virgen María, el tercero a San Miguel Arcángel, patrono de Maxcanú, y el último a San Isidro Labrador, patrono de los agricultores.

Pero no se va de la milpa sin dejar en el centro del terreno una ofrenda: 39 elotes y una olla de atole nuevo, como se llama al atole de maíz tierno.

-¿Por qué 39?
-Porque son 12 los Apóstoles más Jesucristo y así a cada uno le corresponden tres, como la Trinidad.

-¿Y los aluxes de su milpa, don Manuel?

-Ellos también tomarán la gracia de esta ofrenda -responde muy seguro.
íQué ofrenda tan especial! El fruto del trabajo del hombre convertido en acción de gracias, mediante un sincretismo que incluye el misterio trinitario y el de nuestra Redención unidos a la religiosidad indígena, a esas creencias místicas que el hombre maya lleva en la sangre.

Al día siguiente vendrá don Manuel a recoger las viandas de la ofrenda, que serán repartidas entre los hombre que trabajan en la milpa, pues, según la costumbre, nadie más puede comer de ellas.
A media mañana llegan los hombre a casa y en improvisado altar adornado con flores y velas también se presenta una ofrenda de pibinaal y atole.

Cumplidos estos rituales, niños y adultos se desayunan con su tasa de atole y los elotes que quieran. Hoy no hay límite, puede uno comer 20 si le caben en la panza.

Por la noche se rezarán los rosarios y el t'ox (sencillo refrigerio con que se obsequia a los asistentes) consistirá, lógico es, en atole y pibinaal.

Y así ha transcurrido un acontecimiento más en la vida del hombre maya, una vida marcada por el trabajo en perfecta comunión con la naturaleza y con Dios, una vida en la que se comparte con los hermanos la alegría de la cosecha, la alegría de sentir que se ha asegurado el pan para los hijos para todo un año.

En el corazón del hombre maya el sentimiento de gratitud se encuentra grabado como sello y la buena cosecha es para él quizás el mayor motivo de agradecimiento, agradecimiento al que nos unimos al ser elegidos como indignos recipiendarios del sabroso fruto de esta oración. Don Manuel nos invitó a compartir con su familia unos ricos pibinaales y le estamos agradecidos. Que Dios le bendiga cada año con una buena, abundante cosecha, don Manuel. Enhorabuena.- Margarita Rivero Viana.- Mérida, Yucatán, octubre de 2000

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