"A los pibes, ¡se los tragó la tierra!"
Evocaciones Un "hanal-pixán" insólito
Al llegar la época del "hanal-pixán" el abuelo recuerda los tiempos de su niñez, en casa de papá, que constituyen bello pasaje anual que ilumina su mente, ahora de declinación invernal.
En la casa de la esquina de "La Jardinera" (65 con 72) los festejos de entonces se iniciaban el 31 de octubre con la mesa destinada a las ánimas de los niños muertos, que en el hogar habían sido alrededor de media docena, en los viejos tiempos en que la medicina y la farmacia estaban de hecho en pañales.
Se instalaba la mesa con el singular atractivo de las velas de colores, abundante xec (sólo de naranjas de Oxkutzcab y jícamas de Maxcanú), globos policromados, panecillos diversos, dulces especiales, algunos con diseño de calavera, y bebidas suaves para el paladar de las almas infantiles, aunque se dice que sólo disfrutan de la "gracia" de esos encantos digeribles.
En la noche, Mérida se alegraba con la representación de la vieja tradición de don Juan Tenorio, ya sea en el Circo Teatro Yucateco o en el Cine Rialto (nos referimos al suburbio de Santiago solamente), con vestuario digno de los tiempos de Zorrilla y escenario apropiado al entorno del drama. Actuaban en el rol donjuanesco Ernesto "Xándara" Pacheco o el tenor Manuel Fernández Trava, con tal distinción y eficiencia artística que no demeritarían comparados con los actores consagrados que suelen asumir dicho papel en las funciones teatrales de hoy. Una vez vimos una película con el drama completo del Tenorio y, la verdad, no tenía ni el color ni el éxtasis visual de las funciones teatrales.
Toda la familia iba al teatro esa noche, pues la legendaria obra formaba parte de la agenda de las festividades destinadas a los fieles difuntos.
En uno de los cuartos de la casa, en que dormía el niño de esta remembranza, con su hermana mayor, Gertrudis, estaba instalada la "mesa de los santos". Antes de iniciarse el rito nocturno el menor se quedaba en su hamaca y se iniciaba la ceremonia dedicada a las benditas ánimas del Purgatorio, por la mamá y las hermanas Tulita, Conchita e Isabel. Todavía recuerda el viejo de hoy los rezos que escuchó el chamaco mientras le daba un beso Morfeo: "Señor, padre amoroso, tened piedad de su alma... de las almas sin piedad pide Dios obras buenas; que Dios las saque de penas y las lleve a descansar. Si por tu sangre preciosa Señor la habéis redimido que la perdones te pido por tu pasión dolorosa..." Ecos incoherentes, pero fijos en el devenir de los años.
A las oraciones anteriores una de las hermanas contestaba maquinalmente: Puaporé. Extrañado, un día le preguntó el niño a Tulita, que adolecía de nacimiento de falta de claridad en el habla, qué significaba eso de Puaporé y la hermana, sin mucha desazón, le contestó: "Rogad por ellas".
En esos días acudía invariablemente el tío Alberto, hermano de papá, que por su afición a las chevas siempre se presentaba con "medio estoque", estado que en las informaciones policíacas se expresa como "embriaguez incompleta".
Todas las hermanas participaban en la tarea de preparar las tablillas de chocolate en torno de la mesa de comer. Y en un año de tantos se acordó que en lugar de enviar los pibes que se adosaban en casa para hornear en la panadería "El Zopilote", de don Tomás Madera, se hicieran enterrados en el patio de la casa, como le aconsejaron al papá varios parientes suyos que aún vivían en Tekax, ciudad natal del jefe de la casa.
Se hicieron los preparativos para el cocimiento terráqueo, acordándose colocar una encima de otra las tres grandes latas de los mucbilpollos tan ricos que se aderezaban en casa con carne de gallina y de puerco, sin espelones, pues el pibiespelon era para el ochavario, el 8 de noviembre, que se celebraba de fijo.
Los hermanos cavaron en el patio un hoyo bastante amplio y profundo para dar cabida a las tres grandes latas, casi cubiertas hasta en los lados por las hojas de plátano que contenían en su seno el apetitoso manjar de esos días tan gratos. Se colocaron una sobre otra y cuando se añadió la tercera lata, por el paso de las mismas, el piso se hundió y desaparecieron en un boquete que intempestivamente se formó en el lugar y que pronto mostró el horror de su bocaza, como en una película de suspenso. ¡A los pibes se los tragó la tierra!
Ante la sorpresa del suceso se iniciaron averiguaciones, incluso en fuentes de la policía, y resultó que en el patio había un cenote, que dormía por falta de excavación, el cual se extendía hasta tres cuadras al Oriente, esto es, llegando a la esquina de "La Veleta".
La familia nunca volvió a usar el sistema del enterrado, por razones obvias, escamada por la pérdida de tan preciosa carga alimentaria. Lo más triste es que a las 6 de la tarde, el humeante chocolate, tan apetitoso en esa fecha, lo trasegaron papá, mamá, tres hijos y otras tantas hijas, acompañado de pan de trigo de la panadería de don Tomás, quien ignorando el "desastre" y sin pretender burlarse de la familia, extrañado le preguntó al pipiolo cuando fue en busca del pan: "Oye, ¿no hicieron pibes tus papás este año?" El niño salió del local sin responder y con unas lágrimas que mojaron la bolsa de la compra.- F.E.R.- Mérida, noviembre de 1995.
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